¿Y la comida?





¿Y si se acaba?  ¿dónde voy a conseguir en esta ciudad? pensar en la comida y que esta sea suficiente para todos no es una pregunta descabellada en los tiempos que nos tocan, es más, esta se materializa con las tediosas filas y la compra excesivas de algunos productos de la canasta básica familiar.  Las compras por pánico son un fenómeno que ocurre ante una crisis y puede elevar los precios e impedir que las personas que realmente necesitan determinados bienes no los consigan (como los reactivos para las pruebas de diagnóstico del Covid 19).  Es inteligente y plausible prepararse de la mejor manera para afrontar una coyuntura de esta magnitud, pero el acaparamiento individual y egoísta no es la mejor respuesta sumándole a ello la especulación de precios que puede soportar determinado bien en cabeza de sus comercializadores o intermediarios.

Las voces de alarma ya comienzan a escucharse en el mundo, para nadie es un secreto que las cosechas van de la mano de un fuerte flujo poblacional y que al restringirse la movilidad de los temporeros puede verse menguada la producción y por ende la cadena de abastecimiento de algunos productos. En Alemania, España y pares el trabajo agrícola es realizado por inmigrantes de distintas nacionalidades, el Gobierno español, por ejemplo, contempla a los hijos menores de edad de estas familias como sujetos “legales” que pueden vigorosamente engruesar las filas de mano de obra urgente. En Colombia la situación no es lejana, pues la cosecha de café esta en curso y las familias no pueden emplear los llamados andariegos que se caracterizan por ser todo un proceso de movilización humano-agrícola muy propio de la región cafetera; estas   optan por las llamadas mingas o trabajo familiar para hacerle frente al reto ya que el precio del grano es el más alto en los últimos diez años y no pueden dejar pasar la oportunidad y su ingreso más importante del año.

Ante este panorama, lo crucial del asunto es ¿quiénes están detrás del abastecimiento? la respuesta es muy sencilla, los trabajadores del campo. El campesino Colombiano ha estado históricamente en medio de las grandes dificultades de este país desde el proceso de independencia hasta las cruentas guerras civiles del siglo xix y xx y por supuesto las trivialidades del medio ambiente cada vez más cambiante, pero a pesar de todo se mantiene indeleble y firme su compromiso con la vocación transmitida de generación en generación.

Reflejo de este compromiso son los reveladores datos que arroja la confianza inversionista y ciudadana hacia el sector en medio de la pandemia, según Sinnetic, una empresa dedicada al estudio de estas variables, la percepción de las personas hacia el agro como sector líder de la recuperación económica se establece en el 68 %. Cifra que contrasta con las del cierre del año 2019, que oscilaban en un 29% y 31%.

Aun bajo esta premisa, los retos y la envergadura de la crisis deja varios puntos a considerar. Según la FAO es altamente probable que la pandemia de COVID-19 repercuta en un incremento del hambre y la pobreza en América Latina y el Caribe. Las medidas sanitarias implementadas para evitar la propagación del virus tienen consecuencias directas sobre el funcionamiento de los sistemas alimentarios siendo imperioso tomar acciones complementarias para que la lucha contra la pandemia no comprometa la seguridad alimentaria de la población. Este problema se puede vislumbrar en dos extremos, por un lado, los efectos sobre la demanda de los alimentos y por el otro, sobre la oferta de estos.
Por el lado de la demanda, se enfatiza el efecto que podría tener la pandemia en las variaciones del poder adquisitivo de las familias. Para ello, se destaca el rol que tiene el gasto en alimentos sobre el consumo total (lo cual incluye implícitamente los precios de los alimentos) y la sensibilidad de la demanda a cambios en los ingresos y el comportamiento o preferencias del consumidor. La crisis sanitaria compromete la sostenibilidad de las empresas, el nivel de empleo, y con ello los ingresos familiares y la seguridad alimentaria. Estos efectos crecerán en magnitud a medida que los periodos de inactividad económica se prolonguen. La CEPAL ha pronosticado una contracción de la economía regional de 5,3% en 2020, con caídas de 5,2% para Sudamérica, 5,5% Mesoamérica, y 2,5% para el Caribe. A nivel de países se proyecta que Argentina decrecerá un 6,5%, Brasil un 5,2% y México un 6,5%.6 Estimaciones recientes del Fondo Monetario Internacional apuntan en el mismo sentido.

Es evidente que las brechas de pobreza y desigualdad limitan el acceso a bienes y servicios esenciales, tales como los alimentos y servicios de salud. Al respecto, es esperable que los efectos negativos de la crisis sanitaria tales como la disminución del consumo o la calidad de los alimentos sean mayores en la población de los primeros quintiles de ingreso de países con alto grado de desigualdad, altos niveles de pobreza o un elevado número de contagios por el nuevo Coronavirus.
Dentro de las recomendaciones que esgrime la organización internacional están los programas de alimentación dirigidos a sectores muy concretos de la población: como lo son madres en edad fértil y niños menores de cinco años, la continuidad de la alimentación de los estudiantes que participan en los programas de alimentación escolar y por supuesto el promover hábitos de consumo saludables. Por otra parte, para contrarrestar y mitigar los riesgos de producción, distribución y comercialización recomienda atender una serie de puntos: - insumos intermedios para la producción de alimento, -Capital fijo para la producción de alimentos, -Mano de obra agrícola, -Canales distribución y comercialización de alimentos operativos (incluida carga y descarga, transporte, transformación, envasado, transporte y distribución en los puntos de venta).

Aun bajo estas serias y plausibles recomendaciones, el organismo destaca la adopción de estas recomendaciones por varios países. Colombia por su parte, aparece únicamente en la mitigación de los riesgos de producción como Política coordinada e institucional, ya que el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural ha puesto en marcha la “Línea de Crédito Colombia Agro Produce”, la cual permite a los productores del campo obtener recursos para continuar sus actividades productivas. La tasa de interés para el pequeño productor es de DTF –1%, equivalente al 3,5% y para el mediano y grande es del 4,5%. A esta línea se puede acceder a través del Banco Agrario de Colombia, como de cualquier otra entidad financiera. Los recursos se pueden utilizar para cubrir necesidades de capital de trabajo para la compra de insumos, el sostenimiento de la producción, la transformación y generación de valor agregador, así como la comercialización de la producción agropecuaria. Actualmente este programa está en entredicho por la aparente prelación que han tenido los grandes productores con capacidad económica y no los pequeños productores, comparándolo incluso con el escándalo de “Agro Ingreso Seguro” que le costó la libertad al Exministro Andrés Felipe Arias y que aún se debate su suerte en los estrados judiciales.

La CELAC por su parte   recomienda que los países declaren la agricultura y la alimentación como actividades esenciales o estratégicas e interés publico en el marco de la pandemia de COVID-19 y por supuesto el fortalecimiento de los canales de comercialización desarrollados o esgrimidos en los convenios multiláteras existentes en la región.

Regionalmente, es motivo de preocupación que en los planes de gobierno y desarrollo se distribuyan partidas presupuestales mínimas e irrisorias para las zonas rurales, algunas ciudades no sobrepasan nisiquiera el 5% o 10 %   en la asignación de dichos recursos e incluso nisiquiera más del 1%.  Este panorama es preocupante cuando la prevalencia de su territorio es rural y sus márgenes citadinos no alcanzan a circunscribir nisiquiera un 20 % del mismo. Esto sumado a la falta de coordinación de las políticas locales y nacionales que la materia demanda cuando económicamente no cuentan con alternativas claras de fortalecimiento, siendo la transformación agroindustrial de materias primas y la articulación de los servicios una  propuesta llamativa y sensata.

Son muchos los problemas que el sector rural padece en Colombia, por ejemplo, el de seguridad, pues sin ella los valores democráticos pierden relevancia, como el de la libertad, por ejemplo, que se hace inalcanzable bajo circunstancias tan dolorosas.  La falta de vocación de trabajo joven en la agricultura también denota los cambios bruscos que tiene los flujos poblacionales en estos territorios, pues muchos de los jóvenes que se construyen en el seno de estos hogares no ven una alternativa de vida en las actividades desarrolladas por sus parientes, factor que concluye en el crecimiento desbordado de los centros urbanos del País y sus cordones de miseria respectivamente.

Para concluir, es importante revisar conjuntamente las alternativas y formas de cooperación, citadinos y campesinos son parte de ese matrimonio inquebrantable que debe replantear nuevas formas de producción y comercialización y por otro lado atender las exigencias que el mercado tiene para productos novedosos y que muchos siguen considerando como Tabú.  No se puede desatender las formas que adquieren estos problemas, la producción del café para este año se desplomo en un 28% interanual en abril a 744.000 sacos de 60 kilos, debido a los problemas de recolección ante las restricciones de movilidad, informó la Federación Nacional de Cafeteros. Y la comida, la servimos todos pues alrededor de ella todo comienza.

MIGUEL ÁNGEL RUIZ CUELLAR
ABOGADO ESPECIALISTA EN DERECHO TRIBUTARIO

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